Un día tan caótico fue el primer estreno del Giro en Bulgaria, donde Paul Magnier salió volando como un fenómeno. La carrera arrancó entre las postales carreteras del mar Negro con velocidad y a la larga resultó ser una obra maestra de agujerear. Mientras los velocistas pensaban tener el control total de la carrera, nada más se vio. Los codazos por la colocación, el miedo al accidente, los equipos rodando y aquel famoso perro que cruzó el peloton, todo dejó sus marcas en un día que muchos no olvidarán pronto.
El debut del español Diego Pablo Sevilla fue notable sin duda, logró puntos importantes en las escalambradas de Cape Agalina. Pero la realidad se cernió sobre él y los otros grandes nombres de la carrera al terminar con caída una misión imposible para mantener un ritmo y control absoluto del Giro.
Luego apareció Paul Magnier, una luz en medio de tanta desesperación. El francés se escondió en el fondo al principio pero luego emergió por la nariz como un tornado en ascenso. Aceleró con una velocidad que fue imposible de parar la vista con sorpresa.
Con tres kilómetros a voladar todo cambió en Burgas y los líderes quedaron al suelo, no solo por el impacto de caídas pero por el impacto psicológico que se produjo. El pelotón se convirtió en un lugar de refugio donde todos se dieron la gran ventaja del frenazo para evitar caer y lograr vivir.
En medio de tantos accidentes, Magnier se levantó y puso las banderas rojas al viento ganando con autoridad. Una victoria magnífica que dejó a todo perplejo pero también le valió la primera maglia rosa del Giro.
Con tantas sorpresas por toda la línea de meta en Bulgaria, ya se siente el sabor del primer día difícil.
